sábado, 2 de noviembre de 2013

Niños maltratados por sus padres

Por Jairo Cala Otero
Periodista autónomo – Conferencista

Una señora que, enfurecida, quema las manos de su hija de 6 años con una cuchara que, previamente, ha puesto al fuego, porque ella tomó de la alacena un pedazo de panela para comer; un hombre iracundo que arremete a golpes contra sus dos hijos, hasta ocasionarles lesiones en sus glúteos y sus espaldas, porque habían ocasionado, sin proponérselo,  un daño a su equipo de sonido; una mujer que, llevada de la cólera, con una plancha caliente, quema las manos de su hijo, de 5 años, porque se «atrevió» a tomar sin permiso unas galletas para calmar el hambre que ella no había suplido.

¿Recuerda usted esos casos? Son, sin embargo, una mínima muestra de lo que sucede a diario con los niños colombianos: son víctimas de sus propios padres; unos padres violentos y sobrecogidos ─a no dudarlo─ por fuerzas arpías (ira, resentimiento, rabia, envidias, frustraciones…) por dos razones, fundamentalmente:

1. Ignorancia crasa al extremo: Analfabetismo combinado con ausencia de valores humanos, resulta ser una mezcla prácticamente mortal para esas criaturas, que apenas están explorando su mundo en medio de la dosis diaria de agresividad que muchos adultos les proporcionan, inclusive desde la aparentemente «inofensiva» televisión.

2. Arraigo enfermizo por los bienes materiales: Una manifestación incomprensible e inadmisible, pues el mejor afecto de que pudieran hacer gala esos padres frente a sus hijos lo reservan y lo manifiestan con sus pertenencias (el carro, el televisor, el equipo de sonido, el radio, la grabadora, el teléfono celular…).

Se trata, inequívocamente, de un fenómeno social que ha tomado dimensiones espantosas, últimamente. Pero la programación mental de tolerancia y convivencia con toda manifestación violenta desde hace casi medio siglo, que muchísimos colombianos poseen, ha vuelto tales sucesos violentos como hechos «normales». Ya no hay asombro, mucho menos políticas de Estado firmes y severas contra estos maltratadores físicos y emocionales que constituyen la peor descarga de violencia contra esas criaturas indefensas. Esas mismas criaturas que mañana, cuando sean adultos, serán los militares que golpearán de modo inmisericorde a sus subalternos en los cuarteles; o los guerrilleros que masacrarán a campesinos, policías y soldados; o los contra guerrilleros que asesinarán a tiros o decapitarán a sus víctimas y, luego, ¡jugarán fútbol con sus cabezas! (No es imaginación, ya sucedió muchas veces).

Jamás una sociedad tendrá los perfiles civilizados de gente pacífica, serena, cordial, amable y tolerante mientras el yugo de la ignorancia siga pesando sobre sus miembros. La ignorancia, el mayor e imperdonable pecado de todo ser humano, es el caldo de cultivo de esa descomposición. De allí se derivan todos esos procedimientos cavernícolas.

Son ahora más valiosos unos artículos de hogar que los mismos hijos. Hijos que, naturalmente, en muchos casos han sido engendrados por papás superignorantes, llenos de resentimiento y resabios conductuales; y concebidos por mamás muy ignorantes, atrevidas y sin ninguna educación. ¿Qué dosis mínima de amor pueden dar, acaso, esas caricaturas de humanos? ¿Qué entenderán por humanismo si lo único que han recibido son lecciones de salvajismo?


¡Los sabios de las instituciones estatales, encargadas de velar por la niñez, tienen la palabra!

Si al nacer me arrullabas, ¿por qué después
empezaste a golpearme, mamá?
Diálogo franco y amigable: método eficaz contra la violencia
         




El correo y el cartero

Por Jairo Cala Otero

─ «¿Recibiste mi mensaje?»  decía el cuarto correo electrónico que Juan Abundio le envió a Tremebunda, su excompañera de estudios universitarios. Hacía tres días que había transmitido aquella comunicación, con un mensaje de interés; por eso, su afán en recibir una respuesta.

Pero Tremebunda no contestó el primer mensaje, ni el segundo. Mucho menos los otros dos que, con intervalo de un día cada uno, Juan Abundio le había enviado a su cuenta electrónica de Internet.

Pasaron muchos días, hasta que los dos se toparon en una calle céntrica de su ciudad. Tras saludarse, él le preguntó a la mujer por la razón que había tenido para no tomar interés en la oportunidad de trabajo que le había ofrecido.
¿Tú no lees tu correo, Tremebunda?
¿Cuál oportunidad de trabajo?
La que te ofrecí en los correos que te envié a tu buzón electrónico contestó Juan Abundio.
─ ¡Ay!, esteeee… ¿Cómo así…? ¿Un trabajo para mí? ¿Dónde?
¡Ni más, ni menos, amiga! ¿Tú no lees, acaso, tu correo?
Pues, a veces. Es que no tengo tiempo.
Estás sin ocupación alguna, ¿y no tienes tiempo para leer los mensajes que llegan a tu cuenta de Internet?
Bueno… ¡Ay! ¿Cómo te dijera…?
Pues te perdiste una gran oportunidad, Tremebunda. En mi empresa había una vacante para ti. Necesitaba, con urgencia, una administradora de empresas, como tú.
─ ¿Y ya es tarde, Juanito?
Sí, amiga. Es muy tarde. La necesitaba con suma urgencia. Ya contraté a otra candidata.
─ ¡Noooo! Yo necesito trabajar…
─ Pero con tu desconexión del mundo contemporáneo, amiga, no vas a conseguirlo. Ocúpate de tener disciplina con esa estupenda herramienta de comunicación que es Internet. No te digo que pases todo el tiempo «pegada» a tu computadora, pero sí que te intereses en lo bueno que por allí te pueda llegar. Como mis cuatro mensajes, que tú todavía no has leído.

Tremebunda se marchó a su casa, muy aburrida y contrariada consigo misma, después de terminar su conversación con Juan Abundio. Había perdido el puesto de trabajo que anhelaba por su inconstancia en el uso de Internet. Hasta entonces no le había puesto el suficiente cuidado a la trascendencia que este medio de comunicación tiene en la época presente, en este siglo, llamado de las comunicaciones y de la revolución tecnológica a todos los niveles.

 Al llegar a su casa encendió su computadora, abrió su cuenta de correo y leyó los mensajes de urgencia que Juan le había enviado. Entonces, no solamente comprobó la verdad de aquella notificación positiva, sino que sintió un gran pesar por ser tan descuidada en su comunicación interpersonal. Lloró de tristeza y de rabia como lo confesara después a su madre por haber dejado escapar aquella oportunidad laboral, por tan ínfimo descuido.

Pero aprendió la lección: desde ese día se propuso no solamente leer, sino contestar los mensajes que llegaran a su cuenta electrónica. «Estoy atrasada por lo menos quince años. Me pondré al día», se dijo para sí misma; y, luego, se actualizó frente al uso de su computadora.

Hay millones de personas como Tremebunda. Aún no han caído en la cuenta de la trascendencia de este medio de comunicación. Quizás lo han considerado un «juguete caro», que emplean para transmitir «basura electrónica»: cadenas mentirosas, anuncios también engañosos, chistes verdes, pornografía, virus disfrazados de alertas y publicidad tentadora, injurias y calumnias, especulaciones…

Pero la cortesía no figura entre sus prioridades. Y esa cortesía es simple de cumplir. Apenas basta sentir respeto por los demás y responder sus mensajes. Aunque el argumento más fácil (y facilista) sea: «No me queda tiempo».  

Este cuadro de costumbres no concordantes con la revolución tecnológica me hace rememorar aquellos tiempos (no tan lejanos) en que escribir cartas a mano era un deleite, porque uno esperaba con ansias una respuesta. Y ella siempre llegaba, aunque el remitente estuviera muy lejos, y, por ende, la carta se demorara muchos días en llegar.

Los aviones eran los encargados de unir a las personas al transportar las cartas, metidas en sobres cerrados que llevaban estampillas por un valor económico, a manera de pago por el servicio de transportar ese correo. También existía el «correo urbano». Transportaba las cartas que circulaban en el perímetro local, bien entre empresas o entre personas.

Tanto era el fervor del correo físico que cada vez que uno veía al «cartero» como se conocía popularmente al empleado encargado de repartir a domicilio las cartas  le saltaba el corazón, porque el pensamiento estaba centrado en una cavilación: «¿Traerá carta para mí?».

¡Llegó el correo!
Hoy, en cambio, con tantas herramientas tecnológicas a la mano, muchísimas personas ¡son una «estafa» en materia de comunicación! Abren cuentas electrónicas por imitar a otros, pero no las usan, porque no abren sus correos, por tanto, no los leen; o cuando se acuerdan de hacerlo, lo hacen cada dos o tres meses. En ese lapso muchísimos mensajes han ingresado a sus cuentas, y, después, no son capaces de leerlos todos; por consiguiente, lo único que se les ocurre es borrar todos los mensajes, incluidos aquellos que pudieran contener noticias de gran valor para ellas.

¡Qué lástima que entre más medios para comunicarnos hay, menos comunicación existe!

El mundo en nuestras manos. ¿Lo manejamos bien?




¡La cortesía es contagiosa!


Por Jairo Cala Otero
Conferencista – Escritor

Eran las 6:35 de la tarde cuando sonó el teléfono. Yo estaba concentrado leyendo una información por Internet. Una voz de mujer, sensual, amable y muy cordial, dijo:


─ Muy buenas tardes. Por favor, ¿el señor Jairo Cala Otero?
─ Sí, señorita, con él habla ─ le respondí.
─ ¡Cuánto gusto, señor Cala! Soy María Claudia, de la empresa Western Union. Deseo verificar unos datos elementales…
─ Sí, dígame en qué puedo colaborarle ─ añadí, encantado por su cordialidad.

Entonces esa voz envolvente, serena, como atrapada por un halo mágico, siguió:

─ Usted realizó una transacción en nuestras oficinas de Almacenes Éxito el 29 de mayo, por un giro que le enviaron desde Miami. ¿Verdad?
─ Sí, así fue ─ confirmé.
─ Muy bien. Señor Cala, ¿su dirección residencial es (…), y su teléfono personal es este, al que lo estoy llamando?
─ Sí, señorita. Eso es correcto.
─ Bien. Señor Cala, además de verificar los datos que usted nos suministró aquel día, quiero preguntarle cómo le pareció nuestro servicio ─ agregó la gentil dama.


─ ¡Me pareció excelente! Quedé satisfecho ─ le dije, para subrayar que ese servicio era del nivel de su cortesía telefónica.
─ Me alegra mucho saberlo, señor Cala. Muchas gracias por su información. Eso es todo. Le deseo que tenga una muy buena noche, y le recuerdo que le habló María Claudia.
─ ¡Gracias, María Claudia. Lo mismo para usted! ─ contesté, antes de regresar el auricular del teléfono a su lugar.

¿Qué cree usted, amable lector, que hice inmediatamente después? Sí, efectivamente, dejé la lectura y abrí una página en blanco de mi computadora para escribir. Y aquí voy. Porque esas manifestaciones de profundos modales positivos y excelente educación no deben quedar escondidas en el anonimato que proporciona un teléfono; ni en el sonido de unas palabras que apenas son escuchadas por una sola persona. Creo que es preciso darles trascendencia, hacerlas conocer para que ellas conciten una reflexión. Reflexión sobre lo que ha pasado últimamente en nuestra sociedad colombiana frente a la cortesía, los valores humanos y las buenas maneras; y reflexión acerca de lo fácil que resulta apartarse de la patanería, la rustiquez y la bajeza de espíritu al tratar con nuestros semejantes.

Hombre agradecido con Dios
Aisladamente se escuchan algunas voces que intentan, en diversos ámbitos de la vida colombiana, enfatizar en lo que nos pasa por esa gradual descomposición humana que nos arrastra, cual huracán, hacia el abismo; que pareciera condenarnos a la ruindad humana hasta parecernos más a escorias sin control alguno. Pero aquellas voces apenas están llenas de buenas intenciones, como seguramente puedan estarlo mis palabras; porque quizás no alcancen a penetrar en la conciencia de quienes deberían tomar interés profundo por detener ese proceso de «retorno a las cavernas».

Si se fomentaran los buenos modales, como los de María Claudia, que dieron lugar a este comentario (yo espero que útil), ganaríamos mucho terreno frente a tanta grosería, tanto despropósito y tanta chabacanería de la cotidianidad contemporánea. Todos tenemos un compromiso en ese sentido. Es más fácil ser humanos integrales, que cavernícolas desbocados. Es más útil ser amables y corteses que desmadrados y ruines con las palabras y las conductas.

La amabilidad, como la descrita, puede generarse en forma permanente y en mayores dosis en todas partes: en el transporte público, en las tiendas, en las empresas, en las universidades, en los negocios… ¡No hay fronteras para que una persona decida asumir sus propias riendas y comportarse como ser inteligente!

Nada tan complaciente como escuchar y ver a una persona hablando y manejándose con altura, dueña de sus neuronas para provocar actos civilizados, autocontrolando su entorno y sembrando semillas de paz a la luz de sus palabras cordiales y sensibles.
La alegría de servir, aunque no se
reciba agradecimiento alguno.

No es utópico. Es una realidad. Porque estoy seguro de que «Marías Claudias» hay muchas en Colombia. Y empresas como la citada, también. Se notan sus esfuerzos por sepultar la descortesía en Colombia. Eso es plausible y encomiable.

¿Nos atreveremos a imitarlas? Yo aseguro que sí. ¡Vale la pena por nuestro propio bien!

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sábado, 12 de enero de 2013



UN «SALTO» DE NOBLEZA POR ENCIMA DEL HOMBRE
Por Jairo Cala Otero / Periodista autónomo

Aquel día yo estaba con un par de conocidos en una finca de Floridablanca, Santander. Había ido por invitación de uno de ellos, que, a su vez, había sido invitado por el otro. Sin embargo, no estaba de intruso. Porque lo que iba a presenciar tenía el aval del dueño de la finca. Todo estaba dispuesto.

No había mujeres invitadas. Yo creo que no las invitaron por pudor con ellas. Porque ellas son sensibles a sentir pena frente a actos de cruda naturaleza, como el que mis dos acompañantes y yo íbamos a ver. Y porque aprecio yo, pero podría equivocarme seguramente el amor propio de ellas podría haberse resentido cuando por su mente pasaran imágenes similares, pero escenificadas por varones.

El escenario
Desde antes de que llegáramos al lugar, una yegua esperaba con paciencia de monje. Estaba atada al barandal de un establo. A pocos metros, un imponente caballo de raza pura y porte elegante, se mostraba inquieto. Se movía, nervioso, en el escaso espacio de su cubículo habitual. Su hipersensible olfato le indicaba que allá afuera, a corta distancia, una hembra lo aguardaba para un encuentro singularmente placentero.

Habían pasado algunos minutos desde nuestra llegada. Un peón sacó el hermoso ejemplar. Lo paseó, con un lazo atado al grueso cuello, hasta el lugar donde lo aguardaba la yegua. Desde antes de acercársele ya su «instinto sexual» se había «izado», literalmente. Cuando tuvo roce con ella, lo liberaron de la atadura que rodeaba su grueso cuello, del que pendía un fino pelaje de color mostaza.

Paralelo encuentro
Entre tanto, en ese mismo momento, en muchas otras partes del planeta Tierra, lo más seguro era que muchos hombres (seres considerados «racionales», es decir, inteligentes y aptos para pensar), escenificaban episodios similares. Atrapados por un instinto «animal» se quitaban sus ropas y despojaban de las suyas a unas hembras de su misma especie. Luego, acudiendo a la fuerza bruta de la que usualmente hacen gala las tumbaban sobre sendas camas. Las mujeres se dejaban llevar dócilmente, pues eran sus voluntades compartir con ellos lo que estimaban que sería un acto sublime de cada cual.

Delicadeza caballar
El caballo se aproximó a su potranca. Dio un rodeo, husmeó en la zona trasera de la hembra. Enseguida, se paró en sus patas traseras, depositó suavemente sus patas delanteras sobre el lomo de su compañera de ocasión, no sin antes torcer a los lados los extremos para no lastimárselo con las herraduras, que, por cierto, lucían nuevas. Aquello para lo que fui invitado estaba a punto de suceder. Yo alcancé a pensar en que el enorme cuadrúpedo procedería con brusquedad y que, por lo tanto, lastimaría a la yegua.

Sin embargo, ¡qué equivocado estaba! Porque no, no fue así. Delicadamente, hundió su largo falo en la vagina de su hembra. Lo hizo con un único movimiento de empuje hacia adelante, seguro y firme. No hubo movimientos rítmicos de entrada y salida de su miembro viril, no los hay en los caballos.

Llevé, entonces, instintivamente, mis ojos a mi reloj de pulsera. Y conté: cinco…, diez..., ¡quince segundos! Enseguida, volví a mirar hacia la pareja de cuadrúpedos que copulaba, pero el caballo ya retiraba, en ese momento, su pene del nido vaginal donde acababa de depositar sus espermatozoides para dar vida a otro semoviente caballar. Breve, pero con hidalguía, podría decirse.

«Eso es todo», dijo un experto, ubicado muy cerca, al tiempo que ordenaba que el elegante ejemplar fuera enlazado de nuevo y llevado al establo. El bello animal caminó con aire de «satisfacción», pero no se le notaron ínfulas de triunfo alguno. Su «portento» natural, pendiendo entre sus patas, había vuelto a su flácida posición del principio.

Mientras tanto, en otros lugares…
Entre tanto, los otros «machos» se lanzaban burdamente sobre sus hembras, y, sin previos escarceos, las poseían carnalmente con impetuosos y bruscos movimientos. Ellas, sumisas y sin protestar, aguantaban, inmutables, aquellos agresivos movimientos; y recibían sobre sus rostros resoplidos salvajes. Algunos con vaho de licor concentrado, o de olor a cigarrillo acabado de fumar.

Al cabo de pocos minutos, durante los que ellas trataban de hallar el placer para el que han otorgado aprobación (o quizás no), los «machos» habían llegado al clímax. Mas ellas apenas habían entrado en la etapa de excitación. Y así se quedaron. No pudieron disfrutar del placer natural del acto sexual para el que fueron invitadas (o, posiblemente, forzadas). En cambio, la yegua de aquel establo sí disfrutó de su cópula; y fue bien tratada.

Como autómatas, aquellos dominadores se apartaron de las mujeres, y, mecánicamente, echaron mano a su ropa para vestirse. Ellas yacían sobre los lechos, abandonadas a sus pensamientos vagos y perdidos en un cielo que no alcanzaron a disfrutar. No protestaron. No dijeron que les había hecho falta la mitad de lo que esperaban; que querían sentir también satisfacción y emocionarse con tan elevado procedimiento para hallar placer carnal. En medio de ese silencio, los hombres salieron con aire de triunfadores, sus pensamientos puestos en que aquello había sido otra faena muy varonil; que como ellos ningunos otros para poseer físicamente a las mujeres. En sus rostros, un airecillo de dominantes les daba seguridad de que en pocos días si no en pocas horas otra vez «montarían» a otras hembras. Por supuesto, que ¡no con la delicadeza del caballo!

Después del «relámpago» milagroso
La yegua, por su parte, ofrecía unos ojos brillantes y vivaces, como si quisiera decir que había quedado satisfecha. Satisfacción que aumentaría cuando a su encuentro salió uno de sus potrancos para prodigarle topes con su cabeza sobre el vientre maternal. Buscaba su alimento, sin duda.  

Seguidamente, el experto zootecnista volvió a hablar: «Esa yegua ya está preñada. Lo sabemos con certeza, estaba en el culmen de su ciclo de procreación», dijo. ¡Vaya diagnóstico tan certero! Y enseguida se la llevaron a otra área de la finca; el caballo y ella ya no se verían más. En lo único que ese caballo y aquellos hombres coincidieron fue en que ninguno de ellos se despidió de sus complacientes féminas.

El dueño de la yegua reveló, entonces, que el caballo, un semental puro, le había sido alquilado. Él pagó una gruesa suma de dinero para que hiciera lo que la gente de ese mundillo llama «un salto». Ese «salto» que mis compañeros y yo acabábamos de presenciar, pero que, en realidad, no fue ningún salto. Me pareció un ritual de una nobleza subliminal. Una cópula inteligente. Si no tierna, por lo menos sí despojada de brutalidad; y eso ya es mucho, comparado con las escenas protagonizadas por los bípedos ya citados. Fue un «salto» de nobleza por encima del hombre.

Ese día aprendí que la brutalidad que muchos humanos les adjudicamos de ex profeso a los animales (desde entonces cambié de criterio), no existe. Porque no la tienen, menos en tratándose de menesteres como una unión sexual para reproducirse. La brutalidad procede de los llamados inteligentes.

Lección aprendida
La visita a la finca concluyó, pues no era otro el fin. Pero fue, finalmente, un gran fin: aprender una lección de sexualidad caballar de la que nunca me habló el profesor de Biología, y que ahora le transmito a usted, amigo lector. En la pantalla de mi mente quedó impreso un mensaje indeleble: acoplarse con una hembra es asunto de inteligencia, delicadeza, donaire y gallardía. No se trata de que el «macho» asuma una conducta egoísta para sentirse complacido, luego de tratar a la pareja como simple y vulgar objeto de un instinto ruin.


Me subí al vehículo automotor que nos había llevado. Regresé a Bucaramanga pensando en la enorme diferencia que había encontrado entre dos especies biológicas semejantes. Pensaba, claro, ¡en la superioridad del caballo! En la vanidad de quien lo monta para lucirse en ferias; y en la cobardía de quien lo apalea y fustiga con látigo para hacerlo caminar a su antojo, pese a que él soporta los pesados fardos que el dominador pone sobre su lomo.

Acabé por convencerme de que ofenden a los sensibles e inteligentes equinos quienes llaman «macho» al brusco hombre de instintos irracionales. ¡Macho él, el caballo!

Lo triste y lamentable es que algunas mujeres, ¡le hacen el juego al imperio de la falocracia!






miércoles, 19 de septiembre de 2012


¿Quieres ganar, o perder clientes?

Por Jairo Cala Otero / Conferencista - Periodista autónomo

Muchas estrategias han sido adaptadas hoy para imprimir agilidad a las ventas y conseguir, naturalmente, clientes permanentes y fieles; que aseguren buenos y crecientes ingresos a las empresas. Desde los menos experimentados hasta los más avezados hombres que se mueven en el mundo de las ventas, tienen sus propios métodos; ya sean estos adoptados por ellos mismos o copiados de otros negocios, todos buscan cautivar y asegurar a quienes han de comprar.

Publicidad creativa. ¿Igual es la atención?
Pero son realmente muy pocos los que tienen el sumo cuidado de capacitar a sus empleados o asistentes, para que ofrezcan un trato comedido y cordial a la clientela.

Es en eso en lo que más fallan; y, finalmente, terminan arruinando el poco prestigio que pudieron alcanzar sus negocios o empresas. En nuestro ambiente colombiano no es extraño que un dependiente de algún almacén, o un empleado de una empresa determinada, brinde un tratamiento despótico a la clientela. Muchas veces el dinero «huye» de allí, por una desaliñada atención recibida.

Por estimarlo como una ayuda para esos empleadores que no se han dado cuenta de que su negocio puede ser más famoso y próspero si capacita a sus trabajadores en relaciones humanas, inserto a continuación una reflexión (ignoro la identidad de su autor) de un cliente cualquiera, en cualquier parte del mundo, al que no le agrada que lo atiendan mal:

«Yo soy un buen cliente. Todos ustedes me conocen. Yo soy el que nunca se queja, no importa qué tan mal me atiendan.

«Cuando voy a un restaurante, espero pacientemente a que la mesera termine de platicar con su novio, y nunca pregunto si está listo lo que ordené. Algunas veces, alguien que llegó después es atendido primero; y le sirven antes que a mí. Yo no me quejo cuando la mesera dice: ‘Lo siento, voy a pedir otra orden para usted’. Simplemente, espero.

«Lo mismo sucede cuando voy a una tienda, o a un almacén a comprar algo. No trato de imponerme ante nadie, sino que soy comprensivo con todos; si me atiende una vendedora altanera, que se irrita cuando le pido que me muestre varios artículos antes de decidirme por uno, soy cortés con ella. Pienso que el ser descortés no sería la respuesta.

Algunos vendedores parecieran estar «armados».
«Recientemente, compré un tostador, y se quemó después de dos semanas de uso. Yo no quería devolverlo porque pensé que en donde lo compré sabían a qué lugar enviarlo para su reparación; y, por supuesto, que yo la pagaría. Pero no me dieron la oportunidad de mencionárselo porque estaban ocupados diciéndome que todo era culpa mía; que ellos hacían siempre un producto de excelente calidad. Solo sonreí, y les dije adiós.

«Yo nunca me quejo…Yo nunca regaño… Yo nunca critico…Y jamás me comportaría mal en público, como lo hace mucha gente. Pero también ¡soy el cliente que no vuelve nunca!

«Esa es mi pequeña venganza cuando se me hace menos. Por eso, soporto todo, porque sé que ya no volveré jamás. No me desahogo diciéndoles lo que pienso de otros. Mi venganza es más mortal. De hecho, un buen cliente como yo, multiplicado por otros iguales que yo, puede arruinar un negocio. Y hay muchos clientes buenos por todos los lados. Cuando abusan de nosotros, simplemente nos vamos para otro establecimiento comercial donde son más listos, y capacitan a sus empleados para que aprecien a los buenos clientes.

«Dicen que el que ríe de último ríe mejor. Por eso, me río cuando veo todo el dinero que invierten en publicidad para hacerme volver, cuando podrían haberlo logrado con unas cuantas palabras amables, una sonrisa y un producto igual y bueno».
El comprador no debe ser maltratado.

Si usted, querido lector, es comerciante, empresario o industrial vale la pena que revise lo que puede estar ocurriendo en su establecimiento; a lo mejor usted ni se ha enterado que muchos clientes buenos se han alejado a toda prisa, por haber recibido muestras de antipatía y altanería de parte de sus empleados.

¿No es, acaso, hora de que usted le ponga más atención a la marcha de eso que es su sustento cotidiano? ¡Estamos seguros de que sí!



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¿Por qué el dinero huye de algunos negocios?

Conferencia-taller de sensibilización sobre la importancia de atender bien a los clientes. Reflexiones puntuales sobre fallas de diaria ocurrencia en las empresas colombianas, en materia de atención al público.
Se atienden requerimientos desde cualquier ciudad de Colombia.
Información: 313 248 2049 – 315 401 0290 /  mundodepalabras@gmail.com
Jairo Cala Otero – Capacitador

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jueves, 23 de agosto de 2012

¿QUÉ IMPLICA SER UN TRABAJADOR AUTÓNOMO?


Por Jairo Cala Otero
Conferencista – Periodista autónomo

Son varias las personas que me han escrito, para preguntarme por qué razón yo me identifico como «periodista autónomo». Hasta un colega periodista curioseó alrededor de tal denominación, para ─según dijo también «colgarse» él este rótulo.

Haré a continuación un perfil de modo argumental sobre el adjetivo «autónomo» ─que no es exclusivo para mi caso, porque bien puede aplicarse para cualquiera otra profesión─ a fin de satisfacer la curiosidad de mis compatriotas:

Es una forma de presentación que yo uso para indicar que ya no trabajo ni con una empresa, ni para una empresa determinada; que ya no me someto a ganar un salario preconcebido (generalmente, insultante e indigno); que ya no tengo jefes gruñones (ni de otra naturaleza); que ahora no cargo con el lastre de la imposición de horarios; que ahora puedo gozar de reconocimientos por mis logros o aciertos con lo que hago a partir de lo que sé; que yo mismo me aumento mis ingresos económicos cuando valoro en justa dimensión mis esfuerzos, y porque llegue a ser más eficiente y excelente en lo que haga… En fin, las consideraciones podrían ser inacabables.
Trabajando en una empresa, por una ligera distracción hay un memorando.

Autónomo, entonces, es «quien tiene autonomía, o quien trabaja por cuenta propia». A tal nivel se puede llegar después de haber pasado varios años apegado a un régimen laboral, como el colombiano, que valga decirlo─ menoscaba, en muchos casos, la dignidad humana; y fustiga de modo inexplicable la entrega y dedicación de los trabajadores a la causa de una empresa ajena.

Los ciclos colectivos tienen tiempo límite, terminan algún día. Pero individualmente se pueden abrir ciclos propios, a pesar de las voces de desaliento de algunos a nuestro alrededor para sembrarnos desánimo. Si uno las atiende, estará perdido; si las desatiende, se verá caminando por mejores sendas. La mejor es la de la tranquilidad absoluta: no se tienen agitaciones innecesarias para buscar el sustento cotidiano; y no hay que entregarse de lleno a una causa que no nos pertenece, y cuyos «orientadores», en muchos casos, en vez de gratitud, devuelven injusticia, malos tratos, explotación, sometimiento y un largo etcétera de similar naturaleza.  

Por supuesto que hay condiciones para llegar a ser trabajador autónomo. Para mí son dos: saber, y sentir seguridad frente a lo que se va a hacer. Saber, porque sin conocimiento ningún desempeño podrá dar resultados positivos; se necesita haber creado destrezas, las suficientes como para asegurar rendimientos excelentes en lo que se hace; y tener la seguridad de que aquel desempeño es de nuestro agrado absoluto y nos prodiga cuanto deseamos. Quien hace mecánicamente las tareas, «como por cumplir», está condenado a ser mediocre, y ningún deleite encontrará jamás en cualquier asunto que emprenda.

Libertad para caminar, autonomía laboral.

A quien depende de algún «patrón» (hasta este vocablo es detestable), no le aconsejo que se «cuelgue» el apelativo de «autónomo». Se autoengañará, si lo hace. Porque tendrá sus facultades individuales coartadas, y sus derechos y capacidades estarán bajo control del otro. 

Pero quienes son, realmente, independientes; quienes no tienen que rendirle cuentas sino a Dios por sus hechos o inacciones; quienes se pueden levantar a la hora que les dé la gana, y sin afanes, porque pueden llegar tarde a su oficina; quienes pueden viajar a cualquier parte sin tener que pedirle permiso a alguien; quienes estando fuera de su ciudad no tienen que sentir afán por retornar pronto; quienes no están obligados a darles explicaciones de lo que hacen o dejan de hacer a otras personas; quienes son capaces de trabajar para ellos, por ellos y por sus seres queridos, y no para otros que los explotan; quienes son capaces de decidir cuánto quieren ganar cada mes, no lo que los demás les impongan, ¡pueden colgarse el rótulo de «trabajadores autónomos»! De lo contrario, que ni lo intenten. Porque eso será no solamente mentirse a sí mismos, sino asumir un papel ficticio a sabiendas de que un sistema oprobioso los oprime cada vez que intentan hablar de libertad laboral.

Ahora bien. El régimen laboral colombiano es pecaminoso por injusto. Apenas tiene en cuenta a los «enganchados» a las empresas, pero no nos hace visibles a los autónomos (independientes, como suelen llamarlos los demás). Pero a los primeros escasamente los menciona, porque no los protege con el rigor con que debiera hacerlo; empezando por el ridículo salario mínimo que les asigna, que es aterradoramente mínimo e insultante. A los autónomos no nos cita en sus códigos y leyes como no sea para sacarnos dinero por el derecho a trabajar; son impuestos, como el viceministro de Hacienda reconoce, injustos y abusivos en relación con lo que pagan quienes tienen abundantes capitales de trabajo y ganan enormes sumas de dinero a diario. Hasta nos fastidian la vida cuando nos piden que certifiquemos que sí nos ganamos honradamente el sustento de nuestras vidas; porque no nos creen que pagamos el arriendo, los servicios públicos, la comida, los gastos escolares, el transporte de los hijos, la ropa de toda la familia, las diversiones ocasionales… ¡Pero nos piden que estemos registrados en la DIAN y en una Cámara de Comercio! Y aún así no nos creen que sí trabajamos y tenemos una vida digna. Entonces, ¿para qué carajo son el RUT y la matrícula mercantil? ¿No es para probar que se tiene una actividad comercial y que de ella se derivan ingresos económicos? ¡Si son tarugos los asesores del Gobierno!

Pese a esto último, yo me quedo mil veces con el sistema de autonomía para trabajar, en vez del tradicional método de empleo subyugante. Es decir, ¡«prefiero vivir»!

El trabajador autónomo gana el dinero que se proponga.

sábado, 11 de agosto de 2012

EL «REBUSQUE CON ESCOPETA» EN LOS BUSES URBANOS


 Por Jairo Cala Otero

 «Buenos días, damas y caballeros. Perdonen que venga a interrumpirles su valioso tiempo. Soy un desempleado, padre de tres hijos. Mi esposa se encuentra enferma, está en el Hospital Universitario de Santander; no tengo dinero para atender esta situación, y mis hijos no tienen nada para comer…».

 Son cerca de las 12 del día. El pregón es de un hombre de alrededor de 1 metro y 75 centímetros de estatura, cabello desordenado, ropa informal y descuidada, y sandalias sucias. Ha subido a un bus urbano en la carrera 16 con calle 37, de Bucaramanga. 

Al cabo de unos segundos, varía el discurso. Le da enfoque religioso. Se explaya en una perorata sobre la misericordia de Jesucristo, y hace eco de las bendiciones que a diario reciben los creyentes que lo consideran su adalid, guía y protector. Luego, se desplaza, despacio, por el angosto pasillo del vehículo. Su mano derecha tendida indica que la prédica ha concluido, y que ahora lo único que le importa a él es recibir las monedas que los escasos pasajeros ─no más de ocho─ le quieran donar.

Llega al final de la corta travesía. Solamente una moneda de $500 ha caído en el centro de su mano, una mano grande, terminada en dedos huesudos y apuntadores. Hace sonar el timbre para pedir que se detenga la marcha del autobús, que va llegando ahora al Parque de Bolívar. La puerta trasera se abre. Y el hombre, que hace un minuto se manifestaba piadoso y fiel creyente en la bondad de Jesucristo, se «despacha» con una retahíla injuriosa contra quienes no lo socorrieron.

─«Gracias, señor conductor. Y gracias para el que colaboró; los demás, váyanse a la gran hijueputa mierda»─ dice en voz alta, al tiempo que se apea del automotor.

Va furioso, no hay duda. Entonces, entre los pasajeros estalla una carcajada en coro. Atrás, en el llamado «puesto de los músicos», alguien refunfuña algo contra el hombre frustrado porque su intento en esa empresa de vivir de los demás no ha tenido éxito.

Lo más seguro fue que el pordiosero siguió subiéndose a otros buses; y que entre sus potenciales benefactores repitió la historia. No se supo si también asumió la misma actitud grosera en aquellas ocasiones en que no le dieron dinero. Seguramente, sí.

El veterinario
Es de mañana. Otro día, en otro sector de la capital santandereana. Un hombre delgado, de ojos zarcos, cabello ligeramente dorado y de bigote; viste impecablemente, calza buenos zapatos y los lleva limpios. De su cuello pende una credencial. Él afirma que es beneficiario del programa de asistencia a los desplazados por la violencia. Se queja de que no le han ayudado en nada. Es imposible leer lo que dice esa pequeña cartulina.

De la parte trasera de su cabellera caen sobre el cuello de su camisa, de tonos azules, unas diminutas gotas de agua; se nota que no hace mucho ha salido de la ducha. Paga su pasaje, como cualquiera otro de los viajeros de aquella buseta. Y tan pronto pasa la registradora, de espaldas al conductor, comienza a contar su historia.

Habla con locuacidad. Cuenta que él es veterinario, y su esposa, experta en cocina internacional, egresada del Servicio Nacional de Aprendizaje ─SENA─. «Suelta» su tragedia con abundantes detalles verbales, y muestra tres fotografías en las que aparecen dos de sus hijas, menores de edad ambas. Alcanza a conmover. Porque el parlamento da cuenta de un secuestro del que fueron víctimas él, primero; y, después, las dos niñas. Según afirma, sucedió en territorio de Boyacá, hace varios años. Presionado por un grupo armado tuvo que vender una finca de su propiedad para pagar los rescates. ¡Quedó en la ruina!, sostiene con seguridad.

«Dispara» contra las entidades del Gobierno que están encargadas de asistir moral y monetariamente a los desplazados por la violencia armada.

Luego, ejecuta la coletilla de su actuación: pasa lentamente por entre los puestos, y recoge las monedas que, espontáneamente, le van regalando los pasajeros. Parece que a muchos les caló el discurso, porque la colecta resulta generosa. Al llegar a la puerta trasera del automotor, el hombre se baja, no sin antes haber dicho: «Gracias, señor conductor; gracias a todos».

Ya en la calle, echa a andar en sentido contrario al que traía el automotor. Minutos después, con toda seguridad, se subiría a otra unidad de transporte colectivo en Bucaramanga.

Su cara ya es conocida. Su cuento, también. Y su dedicación, igualmente. Ya lleva varios meses viviendo en esta ciudad. Parece haberse habituado a ese trajín; y también parece haber cambiado su profesión de «veterinario» por el oficio de mendigar en los buses urbanos. Su pericia para «ablandar corazones» (y monederos) es tal que ha invertido la lógica: pasó de «veterinario»  a mendigo, en tanto que otros pasan de pobres absolutos a profesionales con solvencia monetaria.

Una joven madre
Son las 6:50 de la tarde. Un bus se desplaza sobre la diagonal 15. En el paradero de Sanandresito La Isla, una joven acaba de subirse. Tiene quizás 20 años. Viste de modo deportivo, su cabello va recogido en trenzas. Lleva una bolsa plástica que contiene caramelos. «Ricos y deliciosos caramelos», como dice en su pregón comercial.

Saluda, y avanza por el pasillo del bus dejando en las manos de los pasajeros una muestra del producto que vende. Desarrolla, seguidamente, lo que, sin duda, es una retórica aprendida de memoria. Acusa redundancias, inclusive.

«Como ustedes pueden ver y observar (sic), he pasado por cada uno de sus puestos mostrándoles estos ricos y deliciosos (sic) caramelos llamados Súper coco. Cada caramelo solo tiene un valor y un costo (sic) de doscientos pesos. Para mayor economía, lleve tres en quinientos pesos. Quinientos pesos no enriquecen ni empobrecen a nadie, pero a mí sí me facilitan lo de la comidita diaria y lo de pagar una pieza en un hotel. Yo prefiero hacer esto, y no quitarle nada a nadie», dice con firmeza. El discurso es idéntico al de muchos otros que se dedican a lo mismo que ella.

Habla con serenidad, y pausadamente. Seguramente, lleva miles de veces repitiendo esa locución. Y recogiendo también los caramelos en unas ocasiones; y el dinero de quienes los compran, en otras.

Cuando el automotor ha llegado frente al Colegio La Salle, a la entrada del barrio La Victoria, la muchacha se baja, no sin antes quejarse de lo «tacaños» que han sido los pasajeros frente a su ofrecimiento. Después habría de retornar al centro de la ciudad, a bordo de otro bus de servicio público. Tal como suelen hacerlo, a diario, decenas de vendedores de baratijas, dulces, cartillas para colorear, lápices, bolígrafos, cremas milagrosas para la piel, cadenas de plata (que no son de plata); manillas, agujas y muchos otros productos. Es otra vendedora del llamado «rebusque económico».
 
Música con agresividad a bordo
Es viernes por la tarde. En el centro de la ciudad se siente el bullicio. No es difícil palpar esa atmósfera peculiar que ella tiene cuando es viernes. La disposición de mucha gente para sentarse alrededor de una mesa a tomar cerveza o licor, se adivina en el rostro de muchos citadinos. Es la costumbre. Al bus, que se desplaza por la carrera 15, en sentido sur-norte, se ha subido un músico. Lo hizo en el sector del templo de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

Es un hombre de unos 43 años. Fornido, de cejas pobladas, tez blanca, ropa aseada y zapatos lustrados. Lleva una guitarra, luce nueva; o por lo menos está bien cuidada. No parece ser un mendigo como los otros. Porque paga su pasaje, y marca su paso por la registradora.

Una vez ha hecho esa maniobra, recuesta sus nalgas sobre el aparato que cuenta el número de pasajeros que suben al bus. Y en esa cómoda posición, se dispone a cantar para los viajeros; aunque ellos no le han pedido que les interprete alguna canción. Pero ¡ese es su oficio! Lo ha adoptado como fuente de ingresos monetarios, y de allí deriva su sustento. Por su apariencia física, parece que le va muy bien con sus ingresos diarios.

Luego de saludar lacónicamente, rasga la guitarra con su mano derecha. Esos primeros sonidos anuncian que va a comenzar su interpretación musical. Así sucede. Canta una vez; una balada, y, luego, anuncia que lo hará de nuevo.

El bus sigue recogiendo y dejando ciudadanos, a lo largo de la carrera 15. Una dama, antes de apearse, le ha dejado alguna moneda entre el bolsillo de su camisa, al cantante. No canta nada mal, en verdad. Se nota que tiene amplia experiencia en ese arte.

Cuando concluye, dice ─brevemente─ que espera ser retribuido por haber llenado los oídos de los pasajeros con sus dos melodías. Y, en seguida, reclama un aplauso. «¡Si ustedes no tienen ánimo para regalarme una moneda, por lo menos regálenme un aplauso!», dice. Solamente dos personas hacen sonar sus manos.

Los demás pasajeros van serios. Parece que a ellos no les agradó lo que dijo el cantante. ¿Les sonó a regaño? Sí, eso fue; seguro. Porque nadie más lo obsequió con moneda alguna, por las dos interpretaciones musicales. Se bajó «con su música a otra parte»; a otro bus, naturalmente.

Colofón
Los cuatro personajes aquí descritos forman parte del «ejército» de 'desocupados informales' que pululan en todas las ciudades colombianas. Desocupados informales, sí, porque en la práctica sí tienen ocupación: la de ganarse el sustento como cada uno de ellos lo hace. Son tantos que ya los usuarios del servicio de transporte masivo urbano les tienen desconfianza; y les niegan, de paso, la recurrente ayuda que otrora recibieron los primeros que aparecieron en ese «mundo del rebusque». Más ahora cuando ese «rebusque» se hace ¡con «escopeta verbal» con la que apuntan a la cara de los pasajeros!

Entre tanto, en otros puntos de la ciudad, otros ciudadanos buscan gente para que desempeñen distintos oficios. Y les cuesta trabajo encontrarlos. Porque, según dicen los analistas del fenómeno, en esas empresas estas personas tendrían que trabajar de verdad; esforzarse en dar rendimientos y someterse a horarios, a jefes gruñones (en algunos casos) y a un salario que será siempre inferior a lo que captan en los buses urbanos, que ─según se escucha decir─ nunca es inferior a $50.000 diarios.